Archivos de la categoría Cuentos

Los chicos.

De Ana María Matute.

Eran solo cinco o seis, pero así en grupo., viniendo carretera adelante, se nos antojaban quince o veinte. Llegaban casi siempre a las horas achicharradas de la siesta, cuando el sol caía de plano contra el polvo y la grava desportillada de la carretera vieja por donde ya no circulaban camiones ni carros, ni vehículo alguno. Llegaban entre una nube de polvo, que levantaban sus pies, como las pezuñas de los caballos. Los veíamos llegar, y el corazón nos latía deprisa. Alguien, en voz baja, decía: «¡Que vienen los chicos … !» Por lo general, nos escondíamos para tirarles piedras, o huíamos.

Porque nosotros temíamos a los chicos como al diablo. En realidad, eran una de las mil formas del diablo, a nuestro entender. Los chicos harapientos, malvados, con los ojos oscuros y brillantes como cabezas de alfiler negro. Los chicos descalzos y callosos, que tiraban piedras de largo alcance, con gran puntería, de golpe más seco y duro que las nuestras. Los que hablaban un idioma entrecortado, desconocido, de palabras como pequeños latigazos, de risas como salpicaduras de barro. En casa nos tenían prohibido terminantemente entablar relación alguna con esos chicos. En realidad nos tenían prohibido salir del prado, bajo ningún pretexto. (Aunque nada había tan tentador, a nuestros ojos, como saltar el muro de piedras y bajar al río, que, al otro lado, huía verde y oro, entre los juncos y los chopos.) Más allá pasaba la carretera vieja, por donde llegaban casi siempre aquellos chicos distintos, prohibidos. Sigue leyendo Los chicos.

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Entre el cielo y el mar.

De Ignacio Aldecoa.

Era la tercera vez en la mañana. Los niños volvieron a acercarse. El ruido de la mar se confundía con el unánime grito de los que hablaban. Unos segundos de silencio y la monótona repetición como un gruñido o como un estertor: «aaa-ú». La red iba saliendo lentamente a la áspera playa. Su dulce color de otoño, roto por la lucecilla plateada de un pescado muy chico o por el verde triste un alga prendida en sus mallas, dividía la oscura desolación de grava menuda; cerca cabeceaba la barca vacía.

Los niños pisaban la red. Pedro había asumido la labor de espantarlos. Decía una palabrota y hacía que corrieran apenas unos metros para pararse en seguida y volver confianzudamente a poco. Pedro tenía entre los labios el chicote de un cigarrillo y les miraba superior y hostil, porque era casi un hombre y trabajaba. Sigue leyendo Entre el cielo y el mar.

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Peor que la muerte.

De Eduardo Vaquerizo

Se lo llevaron esta mañana. Daba un poco de pena las últimas semanas, sentando en su silla frente a la ventana, apenas sin poder moverse, dejando que los rayos del sol de la mañana lo calentasen la piel, esa piel arrugada, tan vieja. Sin embargo su cabeza estaba bien, no podía casi hablar, pero eso era por el pecho, el pulmón que le quedaba casi corroído del todo no le daba aliento suficiente con el que hablar. Mentalmente estaba sano, muy sano. Mi padre siempre había tenido la cabeza llena de números, de ideas, de esas raras, aquellas que florecían en los viejos tiempos. Sabía incluso leer, fíjate en esos viejos tomos amarillentos, colección nova, antiquísimos. Solo pensar en desgastar la vista en ellos me cansa. Aunque ahora estaba muy separado de los tiempos era divertido. Se pillaba unos rebotes morrocotudos viendo la tele, empezaba a despotricar contra la programación actual. No sé que tiene de malo, a mí me gustan las ejecuciones, son divertidas y educativas, y la niña también le gustan, se ríe mirándolas. Sigue leyendo Peor que la muerte.

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La lengua de las mariposas.

De Manuel Rivas

«¿Qué hay, Pardal? Espero que por fin este año podamos ver la lengua de las mariposas.»

El maestro aguardaba desde hacía tiempo que les enviasen un microscopio a los de la Instrucción Pública. Tanto nos hablaba de cómo se agrandaban las cosas menudas e invisibles por aquel aparato que los niños llegábamos a verlas de verdad, como si sus palabras entusiastas tuviesen el efecto de poderosas lentes.

«La lengua de la mariposa es una trompa enroscada como un muelle de reloj. Si hay una flor que la atrae, la desenrolla y la mete en el cáliz para chupar. Cuando lleváis el dedo humedecido a un tarro de azúcar, ¿a que sentís ya el dulce en la boca como si la yema fuese la punta de la lengua? Pues así es la lengua de la mariposa.» Sigue leyendo La lengua de las mariposas.

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El cuento de nunca acabar.

De Ofelia Dracs.

Residencia Sanitaria de la Seguridad Social

“Virgen del Lluc”

SON DURETA (Mallorca)

Unidad de Vigilancia Intensiva

Son Dureta, 15 de agosto de 1980

Señorita Ofelia Dracs

Distinguida señorita:

 

Nos place adjuntarle unas notas manuscritas del enfermo J( … ) K(…), al que hemos ingresado en esta unidad desde el 3 de agosto hasta el 13, afectado por shock de origen desconocido y que presentaba afasia parcial, arritmia cardiaca aguda y diversas disfunciones orgánicas. El enfermo J( … ) K( … ) fue encontrado en la carretera de Son Carrió a Manacor la noche del 2 al 3 de agosto por un matrimonio alemán. Avisada la guardia civil de Son Carrió fue trasladado por una ambulancia municipal al Dispensario de Manacor y, comprobada la gravedad de su estado, fue posteriormente trasladado a esta Residencia Sanitaria de la Seguridad Social.

 

A su ingreso en la Unidad de Vigilancia Intensiva, el cuadro clínico del paciente era grave, pero su fuerte complexión y su aparente juventud nos hicieron pensar en una posible recuperación más o menos rápida. La afasia parcial y la perplejidad psicológica que presentaba nos impidió su identificación (no llevaba ningún tipo de documentos) y la averiguación de las causas del colapso. Después de tratarle tres días con calmantes y de aplicarle suero, conseguimos hacer desaparecer las arritmias cardíacas, y la afasia se redujo hasta el punto de posibilitar la comunicación con el paciente. Se identificó como J( … ) K( … ) de Barcelona, de vacaciones, residente en Portocristo, sin poder recordar el episodio psicológico que le produjera el colapso. Las investigaciones de trámite de la policía cerraron el caso. Tenía una habitación alquilada en un hotel y era escritor. Nos fue imposible comunicar con algún familiar suyo de Barcelona. El 10 de agosto, vencida. totalmente la afasia, el enfermo solicitó papel y lápiz para escribir. cartas «a los amigos y familiares», nos dijo. La noche del 12 al 13, cuando ya estaba a punto de ser trasladado a una sala de recuperación de la Residencia, desapareció. Y aunque salir de la Unidad es muy difícil, por la vigilancia constante de médicos y enfermeras, J( … ) K( … ) pudo escapar, no ya de la sala de Unidad de Vigilancia Intensiva, sino de la Residencia. Avisada la policía, que ha realizado una investigación completísima, no nos ha sido posible dar con él. Entre sus efectos personales (ropa, documentación), encontramos estas notas que le adjuntamos, con su nombre y apartado de correos de Barcelona. Las fantasías y absurdidades del escrito nos han hecho pensar que se trata simplemente de un trabajo literario y no se lo hemos querido pasar a la policía. La historia narrada contiene puntos verosímiles (todo lo que hace referencia a nuestra Unidad), pero el resto parece más una fabulación que la cronología de unos hechos. Sigue leyendo El cuento de nunca acabar.

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El Árbol de Oro.

De Ana Mª Matute.

Asistí durante un otoño a la escuela de la señorita Leocadia, en la aldea, porque mi salud no andaba bien y el abuelo retrasó mi vuelta a la ciudad. Como era el tiempo frío y estaban los suelos embarrados y no se veía rastro de muchachos, me aburría dentro de la casa, y pedí al abuelo asistir a la escuela. El abuelo consintió, y acudí a aquella casita alargada y blanca de cal, con el tejado pajizo y requemado por el sol y las nieves, a las afueras del pueblo.

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El niño-lobo del cine Mari.

De José Mª Merino.

La doctora estaba en lo cierto: nin­gún proceso anormal se desarrollaba dentro del pequeño cerebro, ninguna perturbación patológica. Sin embargo, si hubiese podido leer el mensaje contenido en los impulsos que habían determinado aquellas líneas si­nuosas, se hubiera sorprendido al encon­trar un universo tan exuberante: el niño era un pequeño corneta que tocaba a la carga en el desierto, mientras ondeaba el estandarte del regimiento y los jinetes de Toro Sentado preparaban también sus cor­celes y sus armas, hasta que el páramo pol­voriento se convertía en una selva nutrida de vegetación alrededor de una laguna de aguas oscuras, en la que el niño estaba a punto de ser atacado por un cocodrilo, y en ese momento resonaba entre el follaje la larga escala de la voz de Tarzán, que acu­día para salvarle saltando de liana en liana, seguido de la fiel Chita.

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El jardín de la alegría.

De Francisco Escobar Bravo.

Volvíamos del colegio sobre las seis y media de la tarde. Yo, a veces, enrabietado, porque a mis trece años, casi a punto de cumplir catorce, todavía subía mi abuela la calle Torrijos para recogerme a las puertas del Calasancio, mientras mis compañeros venían solos.

– ¡Que ya soy mayor! -.

Clamaba a mi madre, ante aquel agravio comparativo que se me hacía con mis colegas. Colegas… Aquella palabra entonces no se usaba, aunque existiese. Eran amigos o compañeros.

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La Confesión.

La Confesión.

De Miguel Ángel Mañas.

La temperatura ambiental rondaba los 20º sobre cero. Hacía calor.

Entró en el parque por la puerta principal, adentrándose inmediatamente en el camino de ascenso que daba a la biblioteca pública. No corría demasiado aprisa, porque había empezado a notar como el corazón le enviaba pinchazos de dolor al pecho.

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