La leyenda de Tristán e Isolda (parte 4).

El pino.

Sabed, señores, cómo al llegar a Cornualles el navío de Tristán, casó Isolda con el Rey Marcos, entre la alegría de vasallos y barones.

Los nobles la honraban y los humildes la querían. Pasaba el día en alcobas pintadas ricamente y tapizadas con flores. Suyos eran los joyeles deslumbrantes, suyas las telas de púrpura de Tesalia, suyos por fin los cantos de los artistas.

No obstante, la desgracia roía su corazón. Amaba a Tristán.

Y un santo respeto la invadía frente a su esposo venerable. Teme la revelación que su doncella Berengueana pudiera hacer del misterioso brebaje que, por error, bebieran Tristán y ella, Isolda, una tarde de estío, en el mar. Además, las entrevistas que tiene con Tristán, en el sigilo de la noche, la llenan de zozobra.

A espaldas del castillo de Cornualles, se extendía un amplio vergel, defendido por altísimas bardas. Crecían en él árboles de toda especie, cargados de frutos, de pájaros y de aromáticos racimos. En el rincón más alejado se alzaba un pino, alto y recto, cuyo robusto tronco sostenía una fronda maravillosa. Reía, a sus pies, un manantial. Saltaba el agua en diáfano manto de plata sobre el tazón de mármol de la fuente, atravesaba el vergel y penetrando al interior del castillo, llevaba su frescura hasta las cámaras de los reyes.

Noche a noche, Tristán, de acuerdo con Isolda, cortaba pequeños trozos de madera a la corteza del pino y los arrojaba en la corriente del manantial. Ligeros, como espuma, llegaban a las habitaciones de la reina. Isolda conocía entonces que la esperaba el amado de su corazón.

Así protegidos por la sombra, se reunían a conversar de un amor doloroso e imposible.

Dice Isolda:

–“Tristán, los marineros afirman que el castillo está encantado y, dos veces al año, una en verano y en invierno la otra, desaparece a los ojos de los mortales ¿no sientes cómo ha desaparecido hoy de nuestra vista? ¿No es éste, acaso, el vergel maravilloso del que hablan las arpas de los troveros? Ciérralo por doquier una muralla de aire. Árboles florecidos lo adornan y quienes lo habitan, viven en perenne juventud.”

La interrumpen los cuernos de caza de los vigías, que sobre las torres del castillo, anuncian el alba.

Dice entonces Tristán:

–“No, Isolda. Hace roto la muralla de aire y éste no es el vergel maravilloso de que habla el lenguaje de las arpas. Pero, un día, amada, iremos –¡y entonces juntos al fin!—al país afortunado del que nadie regresa. Verás ahí un castillo todo de mármol blanco. En cada una de sus miles de ventanas brilla un cirio de oro. En cada sala óyese un diverso son de liras o de flautas…”

Hablan así, mientras sobre las torres de Cornualles el alba alumbra, al nacer, los escudos de sinople y de azur.

La alegría extraña de Isolda, la denuncia. Los enemigos de Tristán la espían y háceles concebir sospechas que destilan en amargos celos sobre el corazón del Rey Marcos. La inquietud lo tortura. Ama con dulce amor a su sobrino Tristán y, casi tanto como a él, ama a Isolda la rubia. Espía en sus gestos el amor que se oculta, y destierra a Tristán.

Pero la perfidia de los cortesanos lo conduce a errores más graves. Interna a Isolda en el lazareto de los leprosos. Ráptala de ahí Tristán y Marcos persigue a los vagabundos de bosque en bosque, de colina en colina.

El hambre los acosa. Ya la sortija que a Isolda diera en señal de amor y de confianza el día de sus bodas, sálese del dedo, tanto la han adelgazado así las privaciones y el dolor.

Una noche, vencidos del sueño, los halla el rey dormidos sobre el césped, en un claro del bosque.

Entre ambos ha colocado el héroe su espada desnuda. Hay tal dolor y tan grande pureza en las facciones de los jóvenes, que Marcos sintió, al verlos, rompérsele el corazón.

Vuelve Isolda al castillo de Cornualles bajo la salvaguardia del rey que –¡por fin! –confía en su honor.

Mas los barones desleales murmuran y para comprobar su virtud, exígenle se someta a la prueba del fuego. Acepta Isolda, a pesar de los escrúpulos del rey, pero, en secreto, advierte a Tristán del peligro que corre.

Cuando llega el día del Juicio de Dios, viste Isolda leve túnica blanca hasta los pies caída, y desnudos pecho y brazos, se acerca a la hoguera. Un monje desconocido la ha llevado entre sus brazos para hacerla cruzar el río y ese monje es Tristán a quien, bajo el disfraz que lleva, nadie ha podido sorprender.

Por eso Isolda sonríe ante las llamas y tomando en sus manos una brasa viva, la lleva a su seno mientras dice:

–“Juro que ningún hombre, nacido de mujer, me ha llevado en sus brazos, con excepción del Rey Marcos, mi señor, y de este pobre monje, que habéis visto me ha conducido hasta esta hoguera. ¿Es bastante  este juramento de mi boca?”

–“Sí, reina, y que Dios manifieste su juicio,” –dijeron los barones.

–“Amén,” –contestó Isolda.

Y dejando rodar las brasas ya extintas, alzó al cielo los brazos desnudos y vieron todos que su carne estaba más lisa y sana que ni las ciruelas de los árboles.

De todos los pechos subió un gran grito de júbilo hacia Dios.

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