La leyenda de Tristán e Isolda (parte 3).

El filtro.

Cuando llegó el tiempo de entregar a Isolda a los caballeros de Cornualles para que la llevaran a su rey, la madre de la princesa fue al bosque a recoger hierbas, flores y raíces, las mezcló en un poco de vino y aderezó, de esta suerte, un brebaje poderoso. Con ayuda de la magia lo vertió en un ánfora de barro cocido, y, en secreto, dijo a Berengueana, la doncella de Isolda:

–“Seguirás a Isolda al país del Rey Marcos y puesto que la quieres con cariño leal, oye mis palabras y cúmplelas. Esconde este barro de modo que, durante el viaje, ningún ojo le vea ni la toque labio alguno. Pero, en la noche de las bodas, vierte este vino en una copa que deberán beber juntos el Rey Marcos y la Reina Isolda. Cuida, hija mía, que nadie, sino ellos, beba de este brebaje pues tiene tal virtud que quienes de él beban, se aman para siempre, durante la vida y más allá de la muerte.”

Cortando las profundas olas, iba la nave de Tristán. A cada nuevo día que la separaba de Irlanda, era mayor la tristeza de Isolda. ¿Qué la esperaba en Cornualles? ¿El matrimonio con un monarca viejo a quien ni conocía, ni por consiguiente, amaba? ¿El vano honor de oírse llamar reina?

Cuando se le acercaba Tristán, una ola de odio estallaba en su pecho. Él la había robado a los suyos, él la había separado de su madre, y no por amor, pues habiéndola podido recibir como esposa, la había desdeñado, al punto de ofrecérsela a su amo el Rey Marcos.

Un día cesó el viento de hinchar las velas blancas de la nave. El sol hería las maderas del puente. Un calor insoportable abrumaba el aire y Tristán fue a buscar en la bodega vino que ofrecer a Isolda para mitigar su sed.

Tropezaron sus manos, en la cámara de la doncella imprudente, con el ánfora del filtro. Tomóla y sirviéronse de ella los dos jóvenes.

–“¡Qué dulce vino!” exclamó Isolda. No, no era el vino. Era la pasión, era el áspero júbilo, la angustia sin fin y la muerte.

Miróles la doncella en el momento de apurar el brebaje y corriendo a la popa del navío gritó:

–“Desdichada de mí. Maldito el día de mi nacimiento y maldita la hora en que puse los pies sobre esta nave. Isolda, hermosa amiga, y vos Tristán, habéis bebido vuestro destino y vuestra muerte.”

La nave siguió su curso hacia el Castillo de Cornualles. Sentía Tristán arder su pecho como si lo desgarrara una zarza de espinas agudas y de flores aromosas, cuyas raíces le entraban en el corazón y con cuyo ramaje se unía a su cuerpo el cuerpo hermoso de Isolda.

Pensaba tristemente:

–“Andrés, Denolao y tú Ganelón y tú también Gondoíno, traidores que me acusasteis de codiciar la tierra del Rey Marcos. No, no era la tierra lo que yo codiciaba. Noble tío que me acogisteis huérfano y desvalido, mal hicisteis en llorar la muerte de vuestra hermana Blanca Flor. ¡Cómo no arrojasteis de vuestro reino al niño errante que llegó a él para traicionaros! Isolda es ya vuestra y no debe amarme.”

Pero Isolda lo amaba. Quería odiarlo. ¿Cómo lo hubiera logrado? Un poder maravilloso la unía a su raptor y la idea de lo imposible irritaba su ternura haciéndola más dolorosa y más profunda que el odio.

Durante tres días se huyeron mutuamente. Temíanse. Al cuarto, Isolda halló a Tristán bajo el toldo de su tienda, sobre la cubierta de la nave.

–“Salud, señor”—díjole.

–“¿Por qué haberme llamado señor?” –exclamó Tristán con extrañeza.

–“Porque lo sois. Oh, sí, eres mi señor y mi dueño. Lo eres con la fuerza del destino. Soy tu sierva, tu esclava…”

–“Algo os atormenta hoy” –trató de balbucir Tristán.

–“Sí, todo lo que sé me atormenta. Y me atormenta aun más lo que veo. Este cielo, este mar, y mi cuerpo y mi vida.”

Quisieron abrazarse. La doncella que les espiaba, gritóles desde afuera:

–“Habéis bebido el brebaje de vuestro amor y de vuestra muerte.”

–“Venga ella en buena hora!” –dijo Tristán, y su voz  se perdió en el aire de la tarde, mientras la nave, más rápida que nunca, corría hacia el castillo del Rey Marcos…

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