La leyenda de Tristán e Isolda (parte 2).

La bella de los cabellos de oro.

Vivían en la corte del Rey Marcos cuatro barones, los más desleales y pérfidos de los hombres. Odiaban a Tristán por su hermosa gallardía y, sobre todo, por el tierno amor que el monarca le dispensaba. Señores, bien sabré deciros sus nombres: Andrés, Ganelón, Gondoíno y Denolao.

Comprendiendo que, a la muerte del rey –puesto que no tenía hijos que le heredaran—pasaría el gobierno a manos de Tristán, sugirieron la necesidad de que el soberano buscara esposa para darle un heredero legítimo al trono de Cornualles. Persuadieron en contra de Tristán, al mayor número de los barones e hiciéronlo aparecer mago, pues decían no ser a nadie natural el poder de encanto y grande simpatía de que usaba con todos en su trato y amistad. Así la corte entera urgió al Rey Marcos se casara con la hija de algún rey de un pueblo amigo, de lo que el viejo príncipe concibió gran tristeza en su corazón.

El mismo Tristán, temeroso de que se interpretara como ambición su silencio, lo amenazó con abandonar el reino si no contraía pronto las nupcias que el pueblo reclamaba. Marcos aplazó aún por algunas semanas su resolución.

El día señalado para hacerla conocer a los barones de la corte, se hallaba Marcos solo, en su estancia, cuando por la ventana abierta al mar, dos golondrinas, que a la sazón estaban construyendo sus nidos, entraron, y asustadas por la presencia de un hombre, volaron de nuevo en el aire azul de la mañana. Habían dejado caer, de sus picos, un cabello de mujer más fino que el hilo de la seda y más brillante que un rayo de sol.

Marcos lo recogió y llamando a los barones, entre quienes se encontraba Tristán, díjoles con voz firme:

–“Para complaceros, señores, tomaré hija de rey por esposa, siempre que consigáis a quien he escogido.”

–“Así lo haremos,” contestaron los barones.

–“He escogido a aquella de quien fuere el cabello de oro que tengo entre las manos.”

–“¿De dónde os vino el cabello de oro? ¿Quién os lo trajo?” interrogaron los señores, desconfiando no fuera ésta, argucia de Tristán, aconsejada al rey.

–“Trajéronmelo, dijo Marcos, dos golondrinas.”

Una oleada de descontento corrió entre las filas de los caballeros reunidos.

–“Rey Marcos, exclamó Tristán, obráis equivocadamente. ¿No veis acaso que las sospechas de vuestros vasallos me deshonran? Pero habéis en vano preparado este ardid. Yo mismo buscaré a la hermosa de los cabellos de oro y, o habré de morir en la empresa, u os la daré, de mi mano, por esposa y reina.”

Preparó una hermosa nave, reunió en ella a cien caballeros y, cuando el piloto le preguntó el rumbo, dijo Tristán:

–“Vamos, amigo, al país de Irlanda.”

Los marineros temblaron al oír la orden de Tristán, hacía muchos años que Irlanda y Cornualles vivían en constante guerra y hostilidad. Pero les tranquilizó la serena mirada de Tristán y el consejo de hacerse pasar por la tripulación de un buque mercante.

Los mismos caballeros cambiaron sus ropas de brocado y nobles sedas por los vestidos más humildes, propios de los comerciantes de la época. Así, desembarcaron en Irlanda y vivieron en ella por espacio de varias semanas. Al fin de las cuales, Tristán, que se había enterado de la existencia de un dragón que amagaba los contornos, decidió salir a darle muerte, pues según rezaban los bandos reales, la recompensa ofrecida al vencedor del dragón era la mano de Isolda la rubia, hija del rey de Irlanda.

Armóse, en secreto, y, un día, al rayar el alba, cuando no había en las calles del puerto nadie que le viera salir de la nave de los falsos mercaderes, atravesó la ciudad y siguió la senda que conducía a la guarida del dragón.

El monstruo tenía los ojos chispeantes como brasas, dos cuernos en la frente, largas orejas velludas, garras de león, cola de serpiente y, como de pez, el cuerpo revestido de escamas.

Tristán lanzó contra él su caballo. La lanza tropezó en las escamas del monstruo, y se rompió en mil pedazos.

El héroe desenvainó su espada y asestó con ella tamaño golpe en el cuello del dragón, capaz de haber hendido el tronco de una encina, pero inútil para herir a la fiera, que arrojaba por el hocico doble chorro de llamas venenosas. El casco de oro de Tristán se ennegreció bajo aquel soplo maligno; pero el joven, aprovechando la situación de la bestia, le hundió la espada en la garganta y le rompió en dos mitades el corazón. Lanzó el dragón, por última vez, su pavoroso grito y murió.

Córtale Tristán la lengua como testimonio de su proeza y hácese reconocer de los caballeros de la corte de Irlanda en donde produce indignación la presencia de un barón armado de Cornualles. A la cólera sucede el regocijo. Cunde por la ciudad la noticia de la muerte del dragón y Tristán que se ha hecho merecedor a la mano de la princesa, la rechaza para él, pero, con grandes alabanzas, la acepta para su señor el Rey Marcos, sellando así pactos de amor y de comercio entre los dos reinos rivales.

186 total views, 1 views today

-->Deja tu comentario

Loading Facebook Comments ...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.