La leyenda de Tristán e Isolda (parte 1).

Infancia de Tristán.

¿Queréis, señores,, oír un hermoso cuento de amor y de muerte?

Es el de Tristán y de Isolda, la reina. Oíd cómo se amaron y murieron.

En los antiguos tiempos reinaba el Rey Marcos en Cornualles de Inglaterra. Al saber que sus enemigos se preparaban a guerrear contra él, su amigo, el Rey Rivalen, cruzó el mar para llevarle su ayuda. Lo sirvió con la espada y con el consejo como le hubiera servido un vasallo y, en recompensa de su fidelidad, Marcos le entregó en matrimonio a la Princesa Blanca Flor, hermana suya a quien el Rey Rivalen amaba con maravilloso amor. Apenas desposado con ella, la noticia de que su viejo enemigo el Duque Morgan había, durante su ausencia, invadido su reino y arruinado sus burgos y sus campos, le hizo embarcar en compañía de Blanca Flor, hacia la tierra lejana. Frente al Castillo de Canoel desembarcó, confiando la vida de la reina a la salvaguardia de su mariscal Roalt a quien todos, en consideración de su lealtad, llamaban “el fiel Roalt”. Reunió el rey a sus barones y partió con ellos a la lucha.

Blanca Flor lo esperó largos años. No regresó jamás. Un día supo que el Duque Morgan le había dado muerte traidora. No lloró. Ni gritos ni lamentos escaparon de su boca, pero sus miembros tornáronse débiles y vanos. Quiso su alma, en la fuerza del deseo, arrancarse de su cuerpo. Roalt buscó en vano palabras de consuelo: ella no las escuchaba. Durante tres días trató de unirse a su esposo muerto. Al cuarto día dio a luz un hijo. tomándolo en sus brazos exclamó:

–“Desde hace tiempo deseaba verte y veo en ti a la criatura más hermosa que haya nacido de mujer. En mi tristeza naces y triste es la primera fiesta con que te halago. Sólo por ti tengo pena de morir. Y puesto que viniste al mundo en la tristeza, te llamarás Tristán.”

Lo besó y murió.

Roalt recogió al huérfano. Los hombres del Duque Morgan rodeaban ya el Castillo de Canoel Roalt tuvo que rendirse, pero temiendo que Morgan tratara de dar muerte al hijo de Rivalen, le hizo pasar por suyo y le dejó entre sus hijos. Enseñóle a manejar la lanza, la espada, el escudo y el arco, a lanzar los discos de piedra, a saltar las zanjas más profundas, a odiar toda mentira, a socorrer a los débiles y a sostener la palabra empeñada. Tenía orgullo de él como si hubiera sido hijo de su sangre y recordando la vida de Rivalen y de Blanca Flor, de quienes Tristán tenía la juventud y la gracia pensativa, Roalt lo respetaba en su corazón, como al hijo de su amo. Su felicidad no fue duradera. Unos mercaderes de Noruega invitaron a Tristán para que visitara su barco e hicieron de él su presa. Mientras que el velero navegaba hacia tierras desconocidas, Tristán bregaba inútilmente por escapar.

Pero a mal puerto lleva el mar las naves traidoras y la tempestad persiguió durante ocho días al velero de los piratas. Una noche, al comprender que el robo de Tristán había encolerizado  a las fuerzas del océano, colocáronlo en una barca los marinos noruegos. El mar se aquietó al instante y Tristán aterrizó sobre la arena de una playa desconocida.

Al poco de andar por entre un bosquecillo de pinos salvajes, las voces de algunos oficiales que andaban de caza y los ladridos de los perros que les precedían, alegraron el corazón de Tristán.

Unióse al tropel y maravilló a todos por sus gentiles maneras y la cortesía de su hablar. No quiso, por prudencia, darse a conocer como caballero e hízose pasar por hijo del mercader de un país extraño. Los cazadores, siervos del Rey Marcos, de quien Tristán era, sin saberlo, el único sobrino, lo condujeron ante su trono y a todos plugo su buen continente y gracia varonil. Pronto sedujo el corazón del Rey Marcos que había llegado a la madurez de su edad sin hijos ni parientes, pues no cesaba de lamentar la muerte de su hermana Blanca Flor.

Tres años había vivido Tristán en la corte de Cornualles, gozando de la estimación del rey y de los barones de su feudo, cuando Roalt, que había viajado durante ese tiempo en su busca, acertó a visitar el país de Inglaterra. Al descubrirlo, hizo al rey el relato del nacimiento de Tristán. Marcos armó caballero al joven y lo reconoció sobrino suyo.

Poco tardó en reconquista el reino de su padre, valido del apoyo que su tío le ofreciera. Mas, comprendiendo que al Rey Marcos no podría sonreírle su ausencia, reunió a sus vasallos y les habló así:

“Señores. He conquistado este país y vengado la muerte del Rey Rivalen, gracias a Dios y a vosotros. He vuelto, pues, a mi padre, los derechos que eran suyos. Pero no quiero olvidar a Roalt ni al Rey Marcos quienes socorrieron al huérfano y al peregrino. A ellos también considero padres. En vista de que un caballero sólo dos cosas posee: tierra y cuerpo, cedo la primera a Roalt y abandono este país para devolver al Rey Marcos mi presencia. Tal es mi deseo, pero antes de decidirme, espero vuestro consejo.”

Los barones, en silencio, encomiaron con lágrimas el generoso desprendimiento de Tristán y éste, acompañado de su maestro Governal, se dirigió a la tierra de Cornualles.

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