Los límites de la inocencia.

Los límites de la inocencia.

Salvador Company.

–¿Lo has oído?

–Mmm; ¿qué?

–Eso, los golpes.

–¿Qué golpes?

–Esos, ¿no los oyes?

–No son aquí.

–No. Parece que estén golpeando la puerta de los vecinos.

–Duerme, no debe de ser nada importante.

–¿Lo has oído?

–¿Pero sabes la hora que es?

–¿Lo has oído o no?

–Yo no he oído nada.

–¿Y ahora? ¿No oyes discutir?

–Sí, podría ser, ¿y qué?

–Que tal vez les pasa algo malo.

–¿Y a nosotros qué nos importa?

–¡Pues que son nuestros vecinos! Y si a nosotros nos…

–Y también son mayores de edad, ¿no? ¡Pues oye, ya se apañarán!

–No, no se apañarán. Es otra vez lo mismo; ¿o es que no te acuerdas?

–Claro que me acuerdo, pero no te tendrías que preocupar por tan poca cosa, cariño. Venga, va, duerme que es muy temprano aún.

Se oyen más gritos y más fuertes, el golpe de tres puertas de coche, el arranque de un diesel y el ruido de su motor alejándose, pero la mujer ya no dice nada. Al poco rato se dispara el despertador. El hombre se levanta, sale del cuarto y tarda un largo rato en volver.

Mirándose en el espejo mientras se afeita, evoca las caras de sus anteriores vecinos: una pareja de profesores de filosofía que debía andar por los treinta, naturales de un pueblecito llamado el Quart de Benborser. Recuerda también, repasándose las mejillas y la parte inferior de la mandíbula, que, la noche que aquellos desaparecieron, le preguntó su mujer si no lo había oído; él, medio hundido todavía en un bonito sueño, contestó que qué y ella le explicó que unos golpes; unos golpes que primero él no oía y que después, cuando los oyó, estuvieron de acuerdo que provenían de la casa de los vecinos y que, incluso, se oían unos gritos como de forcejeo; sin embargo, según él le reprochó, aún era muy temprano para levantarse y, en cualquier caso, si les pasaba algo malo ya se apañarían como mejor pudieran, ¿no?

A continuación ya no hablaron, pero oyeron por enésima vez los gritos finales, libres de paredes, en medio de caídas y golpes; después los portazos en el coche, el arranque de su motor y su ruido perdiéndose hacia las afueras de la ciudad. Cuando volvió del lavabo, duchado y afeitado, ella le dijo que no podía más y le pidió que cambiaran de barrio o incluso de ciudad. Antes de estallar en lágrimas le recitó el mea culpa de un tal Niemöller. Él accedió.

Cuando por fin vuelve al cuarto, la oscuridad le hace ir a ciegas hasta que llega a la ventana y descubre que detrás de la cortina ha empezado a amanecer. Coge la ropa de una silla, la deja encima de la cama y empieza a vestirse: los calzoncillos, los calcetines, los pantalones, la camisa, la corbata, el pesado cinturón, las botas, la chaqueta y la gorra. Su mujer, que parece haberse vuelto a dormir, respira más hondo y se arrebuja cuando él le da un beso en la frente y le susurra al oído:

–Duerme, cariño, duerme.

Al abrir la puerta de la calle, ve que se anuncia sobre los tejados un día de primavera radiante. El chofer, que lo esperaba fumando de pie junto a la puerta trasera del coche, tira el pitillo, saluda y se cuadra al darle los buenos días y se la abre.

Mientras lo conducen por su calle camino de una avenida con mucho tráfico, evoca los rostros de sus vecinos y repasa los hechos de la madrugada con la constatación algo indiferente de quien ajusta una cuenta ajena. Esperando ante el semáforo que lo separa de la avenida recuerda con una sonrisa que, desde que eran novios, lo que más le gusta de su mujer es su inocencia.

508 total views, 1 views today

-->Deja tu comentario

Loading Facebook Comments ...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.